

A veces, la constatación día tras día de la violación sistemática de los derechos de los animales por parte de la Administración mina la fe en la Justicia.
Las
instituciones legisladoras (en forma de ordenanzas municipales) y gestoras (responsables de
equipamientos) se pasan por el forro de las togas y las bandas de ilustrísimos, lo mismo que ellos proclaman. Los votos son entendidos, por algunos, como la firma de un cheque en blanco para unas actuaciones u omisiones que repugnarían a sus votantes. La opacidad, el cultivo reiterado de la ignorancia y el desprecio por lo que se aleje de su ombligo, permiten que los años pasen sin abordar las responsabilidades morales y los compromisos como seres humanos y como políticos. Negligencias de personas que no han comprendido que están al servicio del pueblo, no de sus
egos.
Gracias a la Comisión por los derechos de los animales del Ilustre Colegio de Abogados de Barcelona, la recuperación de la fe en la Justicia nos viene de la mano de abogados, jueces, fiscales, profesores y de un
tecnócrata europeo. Cuando aún hay que alabar una posible transición de los animales desde su
consideración de
bien mueble a sujeto de derecho, sobretodo se asume, que está todo por hacer.
Indemnizaciones, pleitos, litigios, denuncias, penas y sentencias siempre giran en torno a las
personas. Los animales son meras excusas de perjuicio o de cese de lucro según una apreciación económica. Los perros y gatos del
CAAC, sin voto ni dueño, no son protagonistas de los juzgados porque carecen de propietario y de una tasación honesta. El abandono resta valor al perro aunque sus cualidades intrínsecas sean incalculables.
Del
III Congreso de los Derechos de los Animales, los políticos salen con la cola entre las piernas -aunque vuelve a levantarse acordándose de la nómina a cambio de palabrería-. Quienes pueden seguir el rastro del éxito son los valientes juristas que conocen y promueven leyes que regulan derechos naturales aunque carentes de tradición. Una concepción
postindustrial de la realidad deja atrás viejas prácticas primitivas recuperando el valor de la animalidad como factor
humanizante y por supuesto en creciente
dignificación. Lástima que al Congreso acudieran sólo los convencidos oyentes, y los convincentes expositores, y no aquellas personas que se burlan de los
animalistas o que sólo buscan su voto en tiempos de elecciones.
Felicidades a la
organización y a la mayoría de ponentes, algunos de ellos especialmente geniales.